La Cocina de Verano
Para la mayoría de los
españoles el veraneo en el Norte implica bruma, lluvia, orballo, mares
encrespadas, húmedos valles y cuentos de meigas a la tenebrosa luz de
una lareira.
Sin
embargo la mayoría de los turistas que nos visitan lo hacen en el mes
de Agosto, cuando ni llueve, es un decir, ni hay temporales, es otro
decir, ni las meigas encienden las lareiras, esto último sí que es
verdad.
El verano en el
Cantábrico es bullicio, alegría, sol, luz, y mucho hortera en pantalón
de chandal y pecho descubierto, desafiando las inclemencias
meteorológicas de tan temibles latitudes.
Y
lamentablemente también nuestra gastronomía se convierte por unas
semanas en una cocina esperpéntica, destinada a sacarles los cuartos a
estos vociferantes turistas que, sin el menor recelo, devoran
ansiosamente mariscos franceses, mauritanos o tailandeses, pescados
congelados con sabor a patrullera canadiense, o mil productos
sintéticos envasados por multinacionales con etiquetas galleguizantes,
como es el caso de los quesos gallegos de tetilla elaborados con leche
en polvo traída de Francia.
Pero
la cocina de verano sí existe en el Norte, y no me refiero a las
fritangas de chiringuito, si no a la que se hacía antes de la guerra y
que aun se conserva en algunas casas burguesas.
Durante
los días estivales se reúne toda la familia, esparcida durante el resto
del año por sus distintos lugares de emigración, ya sea el albañil que
trabaja en Alemania, o el gran empresario que triunfa en Madrid, por
eso la cocina de verano debe ser sobre todo divertida, una auténtica
fiesta.
La alegría y el buen humor que nos invade en esos días de sol y playa, debe reflejarse en la mesa.
Productos
naturales y apenas cocinados, me refiero a que el cocinero debe
conservar sus aromas y texturas primarias, lo cual es tan sencillo como
incluso rentable, si lo estudiamos desde el prisma de la restauración.
Nuestra
cocina del verano no tiene porque ser solo el pulpo, la empanada, los
calamares fritos, el pollo al ajillo y los helados industriales.
Eso
es lo que menos trabajo da, desde luego, pero hay que mirar con un poco
más de perspectiva: si la gastronomía es uno de los mayores alicientes
turísticos de nuestra comunidades, pero lo que les damos a los turistas
en verano es lo mismo que les ofrecen en Benidorm o Fuengirola, pues
cuando planifiquen las próximas vacaciones, si encuentran sitio en las
urbanizaciones levantinas, mandarán al Norte a hacer puñetas, porque en
el Sur van comer igual de mal, pero al menos con el sol asegurado.
Renunciar
a nuestra rica, sana, y sabrosísima cocina estival, es un crimen, lo
primero por nosotros mismos, que también somos veraneantes en nuestra
propia tierra, y además, por la imagen que trasmitimos hacia el
exterior, ya que durante estas semanas es cuando más visitantes
recibimos.
En verano hay productos fantásticos que curiosamente ofrecen la virtud de poder ser cocinados con recetas muy sencillas.
Por
supuesto el marisco apenas debe estar presente en nuestras mesas porque
salvo la langosta, el lubrigante y los mejillones, el resto se
encuentran en su peor momento.
En
cuanto a los pescados, sí que los hay en sazón, tal es el caso del
versátil bonito, de la humilde y sabrosa sardina, de los insuperables
salmonetes, doradas y lubinas, o de los pescados primaverales que aun
mantienen su temporada, como es el caso de los boquerones, además de
todos los peces de río, trucha, salmón, reo y anguila.
Las
carnes no son un bocado muy apetecible en días de calor por su lenta
digestión que impide realizar todas esas actividades a que nos incitan
los largos días de vacaciones, pero hay algunas formas informales muy
sugerentes, como las divertidas barbacoas o las prácticas carnes frías
que tan ricamente saben en las excursiones campestres.
Sin embargo para mi los productos protagonistas son los que ofrece la huerta.
Las
hortalizas permiten realizar un sinfín de platos tan apetecibles como
saludables ya que durante estos días el cuerpo necesita más vitaminas y
minerales, que proteínas y calorías.
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